
Tras crear dos primeros discos, de excelente factura y llenos de
imaginación compositiva, el repertorio de SPOCKS
BEARD fue gradualmente decayendo en sus dos siguientes trabajos,
llegando incluso a la reiteración insensata de fórmulas
musicales que en su momento eran llamativas e interesantes. Con
su quinto disco, emblemáticamente denominado "V",
el quinteto liderado por Neal
MORSE optó por crear y ostentar un sonido más
agresivo y visceralmente rockero, como estrategia principal para
introducir algún tipo de cambio o evolución dentro
de su trayectoria. Esto funciona en muchos aspectos, pues el resultado
general crea una impresión de que SPOCKS BEARD
ha recuperado el filo y la energía de antaño, así
como también se da mayor espacio de lucimiento para las guitarras
solistas de Alan MORSE y el órgano Hammond de Ryo
OKUMOTO, quien como fiel admirador de EMERSON
y LORD, es un
convencido amante de las distorsiones sonoras de este instrumento.
Creo, sin embargo, que el agotamiento a la hora de ofrecer nuevas
ideas compositivas sigue presente, por lo que insisto en que el
principal mérito de "V" está en el campo
de los arreglos, donde se decide acercar el progresivo característicamente
tradicionalista de la banda hacia los senderos más
potentes del hard rock y, de modo más sutil, del prog metal.
En este sentido, no debe llamarnos la atención que la sección
rítmica se haga notar bastante en la mezcla: de hecho, es
fácil constatar que el baterista Nick DVIRGILIO
y el bajista Dave MEROS se lucen en sus respectivos roles,
funcionando de manera compacta y mostrando a la vez sus particulares
destrezas en varios de los momentos más intensos de "V".
Son dos las suites que forman parte de este nuevo repertorio, siendo
así que uno abre y el otro cierra el álbum. Ambas
suites muestran las mejores virtudes del álbum: una capacidad
de resolver y reelaborar creativamente una serie de ideas melódicas
un tanto sencillas, para generar así sendas obras de colosales
ambiciones. At the end of the day contiene una
sección de latin-jazz-flamenco, una idea que ya había
aparecido en su primer álbum "The Light". La otra
suite, The great nothing, se prolonga hasta los
27 minutos de duración, lo cual resulta excesivo a la luz
de lo tediosos y redundantes que resultan algunos pasajes lentos,
pero tampoco carece de puntos bien logrados, como por ejemplo: la
inquietante introducción de mellotron, densa y casi siniestra;
la confluencia de psicodelia y funky en la sección Come
up breathing, con mención especial para el solo
de Hammond de OKUMOTO; la energía contagiante de Submerged
, que me hace evocar al YES
más entusiasta del "Tales" (lástima que
esta sección sea tan breve); en general, la fluida armonización
entre los cinco músicos en las partes eléctricas de
las dos últimas secciones.
De los temas más breves que se ubican en medio, destaco
principalmente el potente Revelations, que a
partir de una cadencia rítmica más bien lánguida,
exhibe un vendaval de genuina fuerza rockera rayana con lo sombrío,
a medio camino entre Perfect strangers de DEEP
PURPLE y Kashmir de LED ZEPPELIN.
Otro buen tema es Thoughts (Part II), aunque
no resulta tan efectivo como el mencionado anteriormente; en todo
caso, este tributo a los contrapuntos instrumentales y vocales de
GENTLE GIANT es
una atractiva retoma de la canción Thoughts
(original de su segundo disco, "Beware of Darkness"),
con un atractivo juego de contrastes y extravagancias atonales.
Los otros dos temas presentan la faceta más notoriamente
accesible del grupo, sin mayor atractivo que el gusto momentáneo
de disfrutar de melodías banales.
En suma, un disco que muestra una mejoría de SPOCKS
BEARD en cuanto a la inventiva compositiva en comparación
con algunos trabajos anteriores, pero que no deja de mostrar signos
de desgaste creativo. En lo personal, me quedo preferentemente con
sus dos primeros discos, y en menor medida, con el sexto ("Snow"),
y el tercero ("The Kindness of Strangers").
–César
Inca MENDOZA, para Manticornio.
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