
Dentro de la vasta discografía crimsoniana, "Lizard" representa el caso de un álbum extrañamente omitido tanto en la discusión como en la celebración que suscita, desde hace muchos años, una de las organizaciones más fundacionales y decisivas del rock progresivo. Confieso que las razones de dicha omisión (¿desdén, ignorancia, incomprensión, una como masónica conspiración del silencio puesta allí para solaz de unos pocos iniciados?) escapan completamente a mi entendimiento, pues considero que se trata de una de las obras más originales que nos ha entregado no sólo el mítico Rey Carmesí, sino la escena toda del progresivo setentero (lo cual no es decir poco).
Y las razones que subjetivamente me aduzco para justificar mi inopinada admiración por este álbum (en vez de exaltar, por ejemplo, discos como "Lark’s Tongues In Aspic", el cual me parece un tanto sobrevalorado) son también varias: el hecho de que se divida en una parte eminentemente jazzística y otra sinfónico-progresiva, con las mejores connotaciones de este último subgénero; la, como siempre, deslumbrante demostración de Robert FRIPP con la guitarra acústica – correspondiente al lado jazzístico, desempeñando un papel similar a guitarristas de jazz como Jimmy RANEY y Jim HALL en sus respectivos combos - y la guitarra eléctrica, donde FRIPP es... bueno, FRIPP, regalándonos incluso una pequeña muestra de frippertronics hacia el final; la inspirada y surreal poesía de Peter SINFIELD (en la mejor tradición inglesa del nonsense verse a la manera de Edward LEAR y Lewis CARROLL), cantada con la sonoridad y potencia vocales de Boz BURRELL; el uso intensivo y espléndidamente expresivo del melotrón, con registros que abarcan desde la belleza desolada y melancólica hasta la anunciación siniestra y ominosa; la presencia de un pianista como Keith TIPPET, en los umbrales, con su fraseo nervioso y expansivo de free jazz sesentero, de un álbum como Dedicated To You, But You Weren’t Listening; la participación de Jon ANDERSON, de YES, un ejemplo de la práctica “incestuosa” que menudeó en los años setenta entre los músicos de diferentes formaciones progresivas; y, por último, la inclusión del tema pastoral, evocativo y apacible, no exento de cierto sutil paganismo (‘Lady of the dancing water’) que rara vez falta en los discos de KING CRIMSON.
Siempre desde mi perplejidad por la indiferencia con la que esta brillante producción es tratada entre los fans de KING CRIMSON, las razones que – acaso subjetivamente – expongo para recomendar este álbum no serán del todo vanas si mueven al lector a pedirlo prestado o, siquiera, a desempolvar su colección de discos no favoritos (o pospuestos, o en reserva desde hace años) para reconsiderar las virtudes de una obra que toda ella es virtud y virtuosismo.
–Arturo APARICIO, para Manticornio.
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