
Con éste, su tercer disco, el maestro Steve
HACKETT se resolvió por confluir el diverso y entusiasta
colorido de "Please Don't
Touch" y la magia sublime de "Voyage of the Acolyte",
y ello se transluce en la alternancia de piezas que destilan inventiva
y cierta dosis de extravagancia, con otras más serenas y
ceremoniosas en su rebosante elegancia.
El disco se inicia con uno de los temas de mayor gancho y energía
rockera que HACKETT ha concebido jamás: en su observación
no exenta de ironía sobre el proceso destructivo de la drogadicción,
'Every day' juega con riffs atractivos y amables
juegos vocales antes de desplegar un envolvente solo de guitarra
en los últimos tres minutos: a pesar de su extensión,
este oyente se queda con la miel en los labios mientras las últimas
notas de guitarra se diluyen en el fade-out. El siguiente tema también
es cantado, aunque esta vez tiene un tono más tirado hacia
lo renacentista, con esa amalgama exquisita de guitarras de doce
cuerdas y clavicordio, esas flautas de John HACKETT (otro
maestro de la familia) que flotan mágicamente a discreción,
y esas absorbentes cortinas de mellotron y sintetizador... es como
un viaje a los tiempos del "Acolyte" en una máquina
del tiempo. Siempre abierto a la asimilación de ideas foráneas
y exóticas, HACKETT se desdobla en el koto y el autoharp
para viajar musicalmente a los valles del Extremo Oriente en 'The
red flower of Tachai...'. Tras este breve receso emocional
de poco más de un par de minutos, HACKETT afila sus
aristas psicodélicas para presentarnos 'Clocks',
que oscila entre lo tenebroso y lo explosivo, concluyendo con una
secuencia doble sobregrabada de batería, a manos de un John
SHEARER que parece estar en trance: una de las cosas más
poderosas que ha creado HACKETT como compositor.
Con 'The ballad of the decomposing man' mezcla
dos fuentes musicales tan disímiles entre sí como
son el charleston (con armónica bluesera) y la rumba, creando
uno de sus ocasionales temas frívolos: la letra gira en clave
de sátira mordaz, en torno a las condiciones de poca seguridad
con que laboran los obreros metalúrgicos. Tal vez para algunos
acérrimos del progresivo exhibir el sentido del humor de
una manera tan descarada y con tanto desparpajo sea chocante, pero
en mi opinión, este número cumple eficazmente con
romper un poco con la tensión creada por el tema anterior,
y para presentar una alternativa a la solemnidad y sofisticación
de los números que vienen después.
En 'Lost time in Cordoba', HACKETT trabaja
un flamenco estilizado con su guitarra clásica, acompañada
ocasionalmente por una flauta y un oboe para añadir oportunas
texturas que acentúan sutilmente el aire exótico del
tema. Viaje en el tiempo a "Please Don't Touch":
apenas desaparece el eco del último acorde de guitarra clásica,
aparece un inquietante arpegio de guitarra eléctrica para
dar inicio a 'Tigermoth', cuya primera sección
es un ejercicio de delirio progresivo donde se alternan momentos
rockeros muy ásperos con un interludio apabullante de mellotrones
y sintetizadores; la segunda sección es cantada y acústica,
permitiendo a HACKETT y sus secuaces explorar cómodamente
en lo bucólico, creando incluso el ambiente de un relato
de cuentos.
El tema de cierre es el mismo que da título al disco, y
es a fin de cuentas una de mis piezas favoritas del repertorio de
HACKETT. 'Spectral mornings' gira en torno
a unas líneas melódicas sencillas, arregladas con
oportunas cortinas y texturas de teclado, tanto en el preludio como
en el interludio. La majestuosa y distante prestancia que evoca
la guitarra eléctrica resulta literalmente espectral, apelando
a imágenes nebulosas de melancolía inescrutable, imágenes
que pueden incluso resultar atormentadas en ocasiones, no tanto
como si fuera un llanto, sino más bien un amontonamiento
de lágrimas que nunca salen a la superficie. Con este prodigio
de emotividad y exquisitez, "Spectral Mornings" no puede
pedir un mejor final. Solo me queda añadir que éste
es mi disco favorito de HACKETT de su etapa setentera.
–César
Inca MENDOZA, para Manticornio.
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