
Con todo lo que aprecio a los trabajos concebidos y grabados por Steve HACKETT durante los 70s, la cosa es que su disco "Darktown", del año 1999, me parece una obra maestra suya de alto calibre, una obra maestra muy peculiar dentro de sus bien marcados contrastes sonoros articulados en torno a un clima sombrío que abarca su espíritu general de principio a fin. Se trata de un disco bastante permeable a sonoridades modernas, tal como lo demuestran la poderosa pieza de entrada ‘Omega metallicus’ y ‘Darktwon riot’, sendos vendavales instrumentales estructurados en clave de rock tecno-industrial. Pero lejos de significar un aupamiento a carros de moda, la cosa es que HACKETT logra desplegar su sello particular a través de este novedoso reciclaje en estos temas específicos. Con el tema homónimo, las cosas se calman un poco para pasar de la furia a la reflexión contemplativa desde un punto de vista “perversamente cínico”: las recurrentemente nebulosas cortinas de sintetizador y el fatigado compás secuenciado sirven de trasfondo especial para los solos de guitarra y saxo (el último, a cargo del invitado de lujo Ian McDONALD). El espectro airado sigue flotando pesadamente en el aire a pesar de la disminución superficial de energía – un espectro patentemente anunciado en las imágenes de cementerio que ilustran el arte gráfica del disco. Las cosas se ponen más auténticamente relajadas con la hermosa balada acústica ‘Man overboard’, en la que las guitarras clásica y acústica de 12 cuerdas reposan confiadamente sobre las orquestaciones de teclado. En muchos sentidos esta canción me recuerda a las deliciosas piezas acústicas de sus discos de 1978 a 1980: el canto evocativo del mismo HACKETT refuerza la candidez emocional tan típica del lado más sereno de su esencia musical. Esta misma candidez reaparecerá de manera más estilizada y “convencional” en ‘Days of long ago’ y ‘Jane Austen’s Door’, dos baladas que exhiben una naturaleza más estandarizada, es verdad, pero que también cumplen con su función de ofrecer oasis de iluminación espiritual en medio de la oscuridad imperante del disco.
Pasando a los segmentos más ambiciosos desde el punto de vista artístico, además de los tres temas que mencionamos en el primer párrafo, nos encontramos con muchísimas gratas sorpresas. ‘Dreaming with open eyes’ es una exhibición de la exquisita fineza de HACKETT con las cuerdas de nailon sobre un compás basado en la bossanova: se trata de una canción tan hipnótica como ‘Man overboard’ pero decididamente más sombría. ‘Twice around the clock’ es un instrumental lento en el que HACKETT hace brillar sus habituales texturas de guitarra eléctrica con una energía tan envolvente como contenida: es como si HACKETT estuviera concentrado en volver al exorcismo de los fantasmas de su ya clásico ‘Spectral mornings’. ‘The golden age of steam’ es una canción basada en ambientes militares con matices circenses. Se hace patente la mordaz ironía del asunto si tenemos en cuenta que se trata de una canción sobre el espionaje infantil en tiempos de la II Guerra Mundial. Junto con ‘Dreaming with open eyes’, mis temas favoritos de este disco son ‘Rise again’ e ‘In memoriam’. El primero, basado en la vieja temática de la muerte y la resurrección, tiene dos secciones bien diferenciadas: comienza como una balada acústica con base de guitarra clásica para luego trasladarse a una electrizante sección de corte jazz-progresivo, permitiendo así que la guitarra solista se luzca en fraseos elegantes y llamativos mientras que la sección rítmica transmite pura sofisticación. El segundo es un tema largo y épico que ofrece una suerte de homenaje a baladas fastuosas del viejo KING CRIMSON como son ‘Starless’ (en cuanto a la densidad) y ‘Epitaph’ (en cuanto a la majestuosidad). La letra misma recoge una observación sobre la autodestrucción permanente del mundo moderno, y sin embargo, se reserva un espacio para la esperanza, al modo de un testimonio de fe. En todo caso, esta canción es todo un broche de oro para un disco realmente cautivante... amén de inquietante.
Dicen con verdad que no se puede juzgar un libro por la portada, pero este adagio pierde parte de su sentenciosa veracidad en cuanto a "Darktown". La oscuridad opresiva del arte gráfica ilustra una señal inconfundible de la vibración emocional recurrente del repertorio. Es como si HACKETT hubiese decidido explorar a fondo la oscuridad del corazón humano y el trasfondo escondido del universo, convirtiendo su búsqueda en sonido progresivo de primera calidad.
–César
Inca MENDOZA, para Manticornio.
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