
Después de la debacle de GREENSLADE, la misma que ya se veía venir desde el tercer disco de estudio, el virtuoso teclista Dave GREENSLADE decidió darle un segundo aire al asunto con una formación armada sobre el camino, pero la idea no duró siquiera un mes. En fin, contando con una razonable cantidad de material compuesto por su cuenta, Dave GREENSLADE se focalizó en una carrera solista cuyo primer fruto fue este disco "Cactus Choir". La bella portada dibujada por el icónico dibujante Roger DEAN refleja la intención predominantemente progresivo-sinfónica de este repertorio, una tendencia que había quedado un tanto desdibujada en el disco final de GREENSLADE. Para este disco, él convocó a gente como Mick GRABHAM (de PROCOL HARUM), Tony REEVES (viejo compinche en las bandas COLOSSEUM y GREENSLADE), un joven Simon PHILLIPS, etc.; incluso contó con la producción de Rupert HINE (quien ya había trabajado para NOVA, CARAVAN, Kevin AYERS,…).
El disco comienza con un instrumental amable, ‘Pedro’s party’, estructurado en torno a una melodía agradable que se beneficia de algunas variantes entrecortadas en su desarrollo rítmico –tiene una aureola que la emparenta con su composición ‘Spirit of the dance’, que en su tiempo fue una de las piezas clásicas de GREENSLADE. El instrumental que más me impacta de este disco es ‘Swings and roundabouts’, el cual aporta un derroche de energía reciclada a través de las pautas arquetípicas de elegancia propias del autor: es un pico del disco. Entre ambos temas se ubica el primer tema cantado, ‘Gettysberg’, cuya mayor virtud está en el gancho tan patente de su musicalidad: el aire funky-jazz de su esquema rítmico se encarga de realzar la sencilla alegría aludida por la melodía, a despecho de la letra que gira en torno a la memoria de los muertos en la guerra civil estadounidense. Anteriormente mencioné a ‘Swings and roundabouts’: éste engarza los climas envolventes de su cierre con la balada en clave blues ‘Time takes my time’. Esta pieza no tiene mucho de grandioso en verdad, pero tiene la gracia de contar con el mismo Dave en la voz solista (aprovechando su pobre registro para emular el tono de voz cansino de un anciano), además de un estupendo y largo solo de guitarra a cargo de Mick GRABHAM. La primera mitad del disco concluye con el romántico instrumental ‘Forever and ever’, cuya evocativa melodía de base es reelaborada una y otra vez con una fastuosa yuxtaposición de pianos, sintetizadores, órgano y vibráfono: un buen logrado cuadro de serenidad revestido de intenso colorido.
La segunda mitad del disco tiene un nivel más disparejo de fuerza. Tenemos al tema homónimo, una mini-suite tripartita de texturas amables, con un espíritu que se me hace semejante al del material de Bo HANSSON para su disco "Attic Thoughts". Hay como una aureola de cuento de hadas en la composición, así como en los ágiles y sencillos arreglos de la misma. ‘Country dance’ también tiene un patente tenor ágil, basando su esquema general sobre una alternancia de compases funky-jazz y sinfonismo ligero. La fastuosidad propia de los mejores momentos del grupo GREENSLADE vuelve a salir al frente durante los últimos 8:34 minutos del disco, ocupados por ‘Finale’. Esta pieza comienza con una estilizada contraposición de sonidos de piano eléctrico y vibráfono, por un lado, y la flauta grave por el otro. Poco a poco se va creando un liviano crescendo que funciona como puente al excelso motivo en tres cuartos protagonizado por un estupendo solo de Hammond –es una pena que esta sección no se extienda un poco más. Los últimos dos minutos están ocupados por un epílogo orquestal que me suena un tanto a RACHMANINOFF por sus raras cadencias, un tanto sombrías aunque conservando un colorido notorio. Se trata de una opción un poco rara, pero me parece que funciona bien: un cierre impactante para un buen disco, no precisamente genial, pero con suficiente ingenio como para demostrar que Dave GREENSLADE aún tenía cosas interesantes que ofrecer al género progresivo.
–César Inca MENDOZA, para Manticornio.
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