
Cuando el arte se mezcla con el rock, la diferencia entre experimentación
y pomposidad es bastante sutli, pero Laurie ANDERSON casi
siempre hizo gala de elegancia y ausencia de afectación. En
el marco del movimiento vanguardista del SoHo neoyorquino, supo combinar
medios musicales y sonidos «encontrados» (en su debut
en el Rochester de Vermont los vecinos la acompañaron tocando
el claxon de los coches), pero fue «O Superman», con
su hipnótico «ah, ah, ah»
pasado por el vocoder lo que la dio a conocer entre el gran público.
La fichó Warner Bros, pero grabó una serie de discos
que alertaban contra un mundo tecnológico sin sentimientos
y que, a pesar de colaboradores de la talla de Peter
GABRIEL, Lou REED y Nile RODGERS,
cruzaban la frontera de lo alternativo. Como señaló ella
misma, no tenía nada de sorprendente: lo que el sector discogáfico
consideraba
«nuevo» hacía más de medio siglo que era
habitual el las vanguardias (1).
Laurie es uno de esos músicos a la que
no le interesan los éxitos temporales. Como violinista de academia, siempre sobresalió de entre
sus camaradas por su calidad de interpretación. Como compositora,
su línea de definición se ubicó en los sonidos
avant-garde. Como escenógrafa, siempre le atrajeron los
ambientes subjetivos. Como escritora la fantasía y como
cantante, juegos vocales y profundos como una actividad que experimenta
en lugar de sonidos tradicionales. En general, sus obras son conceptos
que al principio extrañan pero al final cautivan por su
gran creatividad y la profundidad en la que actúa cada parte
en una obra.
(1) Philip DODD, The Book of Rock.
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